Un metro. Cien centímetros.
Un metro. Cien centímetros. Apenas una zancada, mucho menos que un autobús, menos que un coche. Un niño supera con poca edad el metro de estatura. El cable que conecta este ordenador a la red tiene más de un metro. Muchas plantas a las que el viento mece a su antojo tienen más de un metro. Necesitarías más de ocho mil varas de un metro para, una sobre otra en equilibrio, alcanzar el punto más alto del planeta, y necesitarias más de 360 millones de ellas para, flotando en el universo, llegar a alcanzar la luna. A simple vista, un metro es una miseria, una barrera extremádamente fácil de franquear, una distancia minuscula que recorrer, apenas un paso o el esfuerzo similar a arquear el cuerpo para asir con el brazo algo alejado apenas cien centimetros de nosotros. Cualquiera puede lanzar una piedra más allá de un metro, y por fortuna, casi todos somos capaces de ver más allá de un metro de distancia. Un metro, cien centímetros.
Pero, cuando la distancía de un metro se abre entre dos personas, en ocasiones se convierte en una barrera infraqueable, una fosa abisal de imposible fondo y atrayente oscuridad. A veces, no hay nada tan dificil como romper el último metro. Y en ocasiones es así porque uno de los dos extremos del metro no quiere, o porque ambos no quieren, o porque ambos dudan, o por miedo, o por falta de curiosidad. Mil razones frente a cien centimetros. Llega un momento en que la frontera se estabiliza, se crean lineas sagradas delimitando el metro de nadie, el territorio muerto que separa dos sistemas complejos que avanzan en paralelo.
Que avanzan en paralelo, pero que, por misterios físicos, en ocasiones parecen acercarse y tontear con el miedo. A veces, los cien centimetros se reducen a cincuenta, y cuando la colisión parece evidente, el metro se reconstruye cuando una de las fronteras da un paso atrás. En otras ocasiones, la zona de nadie se ensancha, dos metros, quizá tres, y entonces una de las fronteras se obliga a avanzar para recuperar ese metro perdido, buscando de nuevo el avanzar paralelo y rectilíneo. En algunos momentos, la atmosfera contenida en los cien centimetros se espesa, oscureciendo el infinito comprendido en esos cien centimetros, precediendo momentos de tensión que parecen dispuestos a separar por fin los sistemas paralelos en busca de nuevas líneas tangentes. Pero, en la mayoría de las ocasiones, la atmosfera vuelve a su condición original y permite de nuevo ver el horizonte.
A pesar de la importancia sagrada y aparentemente vital de los cien centímetros, los engranajes fundamentales de la frontera son los cuerpos que se mueven paralelos a ambos lados del abismo. Si ambos quisieran, sería simple romper la barrera, levantar la frontera, vaciar la aduana, y ser dos en lugar de la suma de unidades. Si ambos quisieran, también sería fácil ampliar el vacio hasta que pudiera contener el infinito, y avanzar en direcciones opuestas. El mayor problema es que, normalmente, un lado de la frontera, o ambos, duda de las intenciones del otro. No sabe cuan comodo se siente a un metro, si le gustaría estar a dos o le gustaria reducir la distancia, o si, simplemente, vive bien a un metro del otro, desde donde puede oirle avanzar sin el compromiso de responder. A veces tantea, da un paso atravesando la frontera. Pero no una gran zancada, no, un pasito que le deja a 40 centimetros de la barrera. A veces, las más, el otro cuerpo cede 60 centimetros para devolver la integridad a los cien centimetros mágicos. Otras veces, pocas, accede a mantener la nueva distancia, pero sigue caminando en paralelo. Otras, las menos, decide dar el paso hacia delante que supone romper los cien centimetros, y crear un nuevo espacio de 2 metros cuadrados en los que avanzar ambos, durante un rato, dure más o menos, o durante una vida, dure más, o menos.
En ocasiones, un cuerpo rompe la barrera de los cien centimetros y el otro, momentaneamente, decide romper su sagrado limite y cruzarse violentamente con el otro cuerpo para luego volver a separarse y seguir caminando a cien centimetros. En estas ocasiones, es posible que uno de los cuerpos siempre anhele romper la barrera y volver a esos diez centimetros en los que podía oler la piel al otro cuerpo, o a esos 5 centimetros en los que podía vagabundear en sus ojos, o a esas micras en las que podía sentir su piel y sus labios. Quizá nunca ha llegado tan lejos, pero ninguna ley prohibe a los sueños volar mas allá de los cien centimetros.
Normalmente, el que anhela romper la frontera, vive carcomido por asaltar la trinchera, pero también tiene miedo de que acabar los cien centimetros no suponga acercarse, sino alejarse para siempre, a dos, tres, o cuatro mil centimetros, y a eso no suele estar dispuesto, y en muchas ocasiones, esto supone que la frontera permanece estable hasta que, de manera invisible, los cien centimetros se convierte en ciento uno, luego en ciento dos, y luego en ciento tres. A veces una separación paulatina es el resultado del conformismo de los cien centimetros, aunque en otras ocasiones, tratar de franquear los cien centimetros es precisamente la forma más rapida de alejarse. No es fácil mantener las distancias.
No es fácil vivir a un metro, cien centimetros.
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